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sábado, 2 de abril de 2011

Querida Anita

Tengo muchos sentimientos encontrados. Por una parte el dolor de perderte y de sentir que te extrañaré, por otra la alegría de saber que ya estás descansando como tú te lo mereces.

Porque fuiste una mujer excepcional: valiente, luchadora, bondadosa… Tu vida fue una constante entrega, tanto que aunque no tuviste hijos propios, fuiste capaz de dar tanto o más amor que una madre. Tal vez, no siempre fuiste retribuida, pero no decaíste y supiste perdonar. ¿Sabes? Saber perdonar es algo muy difícil, es característico de un muy buen cristiano, y tú lo hiciste.

Me gustaría haberte disfrutado más en tus momentos de buena salud, pero Dios quiso que fuera en tu calvario, el tiempo en el que yo te acompañara, junto a mi padre, madre y hermanos. De eso estaremos eternamente agradecidos, ya que pudimos entregarte todo el Amor del mundo…
En casa teníamos preparada tu pieza, para recibirte cuando te dieran el alta, siempre guardamos la esperanza en tu recuperación, pero tu pobre cuerpito ya no pudo más.

Cuando me llamaron del hospital y llegué a verte, le rogué al Señor para que te llevara consigo y no sufrieras más, tus ojitos me hablaron de tu angustiosa espera. Yo te repetía que no te fueras aún porque mi papá estaba por llegar. Qué mujer más fuerte, resististe hasta que llegó el Huguín, y después seguiste esperando porque querías que llegara la Farih, aunque no dijiste nada, yo lo supe, porque siempre me hablabas con mucho amor de ella. Finalmente Dios te dio la paz y te tomó entre sus brazos, así debía ser…

Anita: no te olvides de cuidar de tus hermanos que sufren por tu partida.
Tu recuerdo siempre será un dulce abrazo que abrigará a mi corazón, ahora descansa y disfruta de la Gloria de Dios.

Tu sobrina que te ama,
La Ceci.

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