Si nosotros pensáramos en esas cosas puntuales que nos dan mucha felicidad: ¿qué cosas tendríamos guardadas por ahí? Cada uno tendrá las suyas, seguramente hay cosas que nos alegran el corazón, y si ustedes van viendo estas cosas que a uno lo hacen feliz, y las ponen en paralelo con ésta lista que hace Jesús en las Bienaventuranzas, uno se siente confundido, como descolocado. Porque uno dice bueno me he sentido feliz cuando mi familia ha tenido lo necesario para vivir, cuando nos ha ido bien, me he sentido feliz cuando me he reído mucho, cuando he experimentado el gozo en el alma; cuando han experimentado un acontecimiento maravilloso, muchos cuentan que la mayor felicidad de sus vidas ha sido el nacimiento del primer hijo, no es que con los demás no sean felices, pero es que el primero siempre tiene como un saborcito especial.
¿Quién no se ha sentido feliz, por ejemplo, cuando hay otras personas que los felicitan, o le dicen cosas buenas, buenos deseos? Y el Evangelio de las Bienaventuranzas nos dice que son felices… todo lo contrario, los que pasan penas, los que pasan necesidades, los que viven en la pobreza, no los que los felicitan, sino los que los calumnian, esos son felices… a los que los persiguen. Entonces Jesús nos deja como confundidos.
Lo que más nos ayuda, en este día, es pensar: a quiénes se está dirigiendo el Señor, es cierto que se dirige a nosotros hoy día, pero se dirige especialmente en ese tiempo a una generación y a un pueblo en especial, un pueblo que tiene un corazón duro, Jesús tiene poco tiempo, son tres años de ministerio, para ablandar ese corazón duro.
Y ¿qué características tiene el corazón de ese pueblo Judío? Al que Jesús tiene que enfrentar. Es un pueblo que durante muchos años, ha tenido como regla de su vida religiosa: Los Diez Mandamientos, y ¿qué le pasó a gran parte del pueblo Judío? Les pasó que empezaron a pensar que al cumplir los Diez Mandamientos, al pie de de la letra y todas las leyes que habían salido de los Diez Mandamientos, ellos estaban asegurados para la vida eterna, ellos estaban asegurados en su relación con Dios. Entonces: “en realidad, si yo cumplo todos los días esa ley, bueno, no tengo nada que temer”. Y es más aún, la soberbia los había llevado a empezar a aplastar a los demás, porque: “como yo cumplo la ley, tengo derecho a juzgarte a ti, tú no te vas a salvar, tú eres una mala persona, tú eres una persona que no ama a Dios, yo sí porque yo cumplo con esa ley, cumplo estas normas: no hagan esto, no hagas esto otro”.
Jesús, con las Bienaventuranzas, entra como con la punta de una lanza, como quemando en el corazón del pueblo Judío. Y les dice: “lo único que nos hace felices, es la relación con nuestro Padre del Cielo, reconociendo que necesitamos de Él”. O sea, reconociendo que no tenemos nada asegurado, reconociendo que lo único que nos puede dar una vida llena de sentido, es desarmarse delante de Dios, y pedirle a Él que nos ayude, todos los días.
La soberbia del corazón de los judíos, entonces, les hacía pensar que ellos ya tenían todo asegurado. Jesús les dice: “son felices, los que se ponen delante de Dios y le dicen: yo necesito que tú me ayudes en mi pobreza, yo necesito que tú me ayudes porque he llorado mucho, yo necesito que tu me ayudes porque hay gente que me persigue, yo necesito que tu me ayudes porque han hablado mal de mí, yo necesito que tu me ayudes porque espero justicia y no hay justicia, yo necesito que tu me ayudes porque busco y no encuentro”.
Cuando uno es capaz de vivir así, con el corazón abierto a la ayuda de Dios, entonces encuentra sentido a la vida. ¿Cómo Dios podría entrar en el corazón, de una persona soberbia que cree que lo sabe todo, que cree que ya tiene asegurada la salvación? Si él para entrar en el mundo, quiso entrar envuelto en un pañal y en un lugar donde guardaban los animales, Él quiere entrar en el corazón de los hijos que se desarman frente a Él y le presenta la pobreza de su vida, el no tener nada que ofrecerle, el no saber bien cómo vivir la vida si no es junto a Él.
Jesús nos enseña la clave para ser feliz. Y la segunda lectura, está claramente bien puesta en este día, porque nos reafirma mucho esa idea, San Pablo dice: “hermanos, tengan en cuenta, quiénes son los que han sido llamados, no hay entre ustedes muchos sabios, hablando humanamente, ni son muchos los poderosos ni los nobles. Al contrario, Dios eligió lo que el mundo tiene por medio, para confundir”. Si se dan cuenta esto se cumple, pero a cabalidad en nosotros, Dios eligió a los que no cuentan para los ojos del mundo, porque de esa manera Dios puede enfrentar a los que se creen más sabios, más inteligentes.
Ustedes de repente pónganse a escuchar lo que creen los más sabios sobres los que tienen fe, pero para esas mentes tan brillantes, los que venimos a la Iglesia somos tontos, porque venimos a dejarnos manejar por un ser superior que controla nuestro movimientos, nuestra manera de pensar, cuando la verdadera sabiduría para ellos es ser libres pensadores. Que cada cual haga lo que quiera, que si el de al lado se quiere matar que se mate, si tengo un amigo que se está drogando que se drogue no más, que cada uno piense lo que quiera, que cada uno crea lo que quiera, no hay ninguna intención de involucrarse con la vida y por la felicidad del otro.
Entonces hoy día nosotros queremos darle gracias a Dios por habernos considerado y habernos llamado, si estamos aquí significa que en nuestro corazón hay una semilla hermosa, una semilla que muestra la necesidad de Dios, sino no habríamos venido, estamos aquí porque sin Él nuestra vida no tiene sentido, sin Él no logramos controlarnos, sin Él no encontramos sentido también a lo bueno o lo malo que puedan decir de nosotros, sin Él no encontramos sentido a nuestra pobreza, a las necesidades que derrepente hemos pasado, Él le da sentido a nuestra vida. Demos gracias a Dios porque nos regaló esta Palabra y vivamos esta Eucaristía felices, bienaventurados.
Parroquia Santa Cecilia, Talcahuano, 30 de enero de 2011.
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